jueves, 22 enero, 2026
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Qué hay detrás de la baja tasa de natalidad?

La caída sostenida de la tasa de natalidad se ha convertido en uno de los fenómenos sociales más relevantes de las últimas décadas. Habitualmente se la explica a partir de variables económicas y estructurales: el encarecimiento del costo de vida, la precariedad laboral, la crisis habitacional, la extensión de los años de formación o las transformaciones en el rol de la mujer. Todos esos factores son reales y están bien documentados. Sin embargo, cuando se corre el foco de los números y se observa cómo un sector significativo de jóvenes imagina su futuro, emerge una dimensión menos explorada, de orden cultural y vincular.

No se trata únicamente de que “no se pueda” tener hijos, sino de que, para muchos, ese proyecto ha dejado de ocupar un lugar central en el horizonte vital. No hay un rechazo explícito a la paternidad o la maternidad, pero sí un desplazamiento del deseo. Este fenómeno no atraviesa a todos por igual, pero sí a un segmento amplio y socialmente influyente, cuyas decisiones terminan modelando tendencias demográficas.

Paradójicamente, este corrimiento ocurre en una generación atravesada por un fuerte discurso ético. El cuidado del planeta, la sustentabilidad y el consumo responsable forman parte de su identidad. Se trata de jóvenes comprometidos con causas colectivas y sensibles al impacto de sus decisiones. Sin embargo, ese compromiso no siempre se traduce en un proyecto de largo plazo con otro. La pareja estable, el hijo, la familia como núcleo de desarrollo personal pierden centralidad, no por rechazo ideológico, sino por reordenamiento de prioridades.

Una de las claves para comprender este proceso es la relación con el tiempo y el compromiso. En un contexto de inestabilidad permanente, el largo plazo se vuelve una carga emocional. Comprometerse con un hijo implica aceptar una entrega sostenida, irreversible y profundamente transformadora. Para muchos jóvenes, ese nivel de exposición se vive como un riesgo: al fracaso, a la dependencia o a la repetición de historias familiares experimentadas como frustrantes. La familia deja de aparecer como espacio de realización y pasa a ser percibida, en ocasiones, como fuente potencial de desgaste o pérdida de libertad.

A este escenario se suma un mensaje cultural persistente. En discursos mediáticos y redes sociales, tener hijos suele asociarse a la pérdida de autonomía, tiempo y proyectos personales. Viajar, reinventarse o cambiar de rumbo se consolidan como valores centrales. El hijo queda ubicado del lado de la rigidez, más cerca de la renuncia que del crecimiento. Esta narrativa no siempre es explícita, pero resulta eficaz.

En paralelo, se observa otro fenómeno sociocultural relevante: la centralidad creciente de las mascotas. Perros y gatos ocupan hoy un lugar afectivo que en otros momentos históricos correspondía a los hijos. Reciben cuidado e inversión emocional, con una diferencia decisiva: el vínculo permite control. Es compromiso sin proyección generacional, cuidado sin herencia.

Cuando la paternidad o la maternidad no desaparecen del todo, suelen pensarse bajo una lógica individual: posibles sólo si no exigen una reorganización profunda del tiempo, del trabajo o de la identidad. Pero un hijo no viene a encajar en la vida que ya existe: viene a transformarla. Introduce dependencia, incertidumbre y alteridad. Se acepta la idea de cuidar, pero se rechaza el descentramiento que toda experiencia fundante implica.

Tal vez la baja natalidad no sea sólo un dato demográfico, sino el síntoma de una dificultad más profunda: aceptar al otro cuando ese otro no llega para confirmar lo que somos, sino para desarmarlo.

Licenciado en Humanidades y Cs Sociales, Fundación Padres

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