domingo, 21 julio, 2024
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El medallista olímpico que inspiró un clásico del cine, fue misionero y anticipó su muerte en una carta

Eric Liddell abrazó la gloria en los Juegos de París 1924, pero dejó el atletismo para cumplir su vocación religiosa en China, donde cayó prisionero de los japoneses en la Segunda Guerra Mundial.

Eric Liddell se consagró en los Juegos Olímpicos de París en 1924 y luego se retiró del deporte para consagrar su vida a una misión religiosa en China. (Foto: biteproject.com)

Eric Liddell se consagró en los Juegos Olímpicos de París en 1924 y luego se retiró del deporte para consagrar su vida a una misión religiosa en China. (Foto: biteproject.com)

La historia de Eric Liddell atraviesa transversalmente el deporte, la religión, el amor y la guerra, los ingredientes ideales para filmar un clásico del cine, como Carrozas de Fuego. Sus proezas como atleta (fue medallista olímpico en los Juegos de París 1924) quedaron interrumpidas porque decidió entregar su vida a una misión espiritual que abrazó sin renunciamientos.

Mientras era misionero en China lo sorprendió la Segunda Guerra Mundial y cayó prisionero de los japoneses, que lo sometieron a todo tipo de maltratos en un campo de trabajo, en el que finalmente murió a los 43 años, no sin antes anticiparle a su mujer que sus días se estaban terminando en una dramática carta de amor.

La increíble historia de Eric Liddell

Los impactantes hitos de la vida de este hombre nacido en Tianjin, China, el 16 de enero de 1902, inspiraron la película Carrozas de Fuego, un verdadero clásico del cine producido en Inglaterra. El filme, que fue nominado a 7 premios Oscar de la Academia y se alzó con 4 estatuillas, narra también la historia de otro atleta británico, Harold Abrahams, ganador de la medalla de oro en los 100 metros llanos en aquella cita olímpica.

En ese punto hay que poner un asterisco: Liddell, gran candidato a la victoria en esa competencia, decidió no correr esa final porque era un domingo, y esos días él se los dedicaba a Dios.

Una escena de la mítica película Carrozas de Fuego, en la que se muestran las proezas deportivas de Liddell, un hombre que aparte de ser medallista, consagró su vida a Dios. (Foto: Fox)

Una escena de la mítica película Carrozas de Fuego, en la que se muestran las proezas deportivas de Liddell, un hombre que aparte de ser medallista, consagró su vida a Dios. (Foto: Fox)

Los padres de Liddell eran misioneros protestantes en ese pueblo chino donde él nació. Sin embargo, él fue enviado a Gran Bretaña para recibir una mejor educación e ir a la Universidad de Edimburgo. Allí empezó a destacarse en varios deportes, como el cricket y el rugby, pero lo que más impresionaba a todos era su descomunal velocidad.

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Convocado para integrar la delegación inglesa en los Juegos Olímpicos de París 1924, Eric descolló con su inigualable rapidez en las pistas, pero decepcionó a los entrenadores cuando les anunció que no correría la final de los 100 metros, que se diputaría un domingo.

También desertó de las postas 4×100 y 4×400 por el mismo motivo: “Los domingos se los dedico a Dios”, fue su lacónico mensaje. Él era gran favorito porque tenía el mejor registro del año anterior y su decisión le abrió el camino a un compatriota, Harold Abrahams, que se colgó la medalla de oro y es el otro gran protagonista de la película filmada en 1981.

Sin embargo, Liddell pudo abrazarse a la gloria en la prueba de 400 metros, en la que se impuso de punta a punta con su estilo poco ortodoxo (corría con la cabeza hacia atrás y movía sus brazos como aspas) y consiguió la medalla dorada con un tiempo 47,6 segundos, récord olímpico y mundial. Además, obtuvo el bronce en la prueba de 800 metros.

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Ganadora de 4 Oscar, la película inmortalizó las hazañas de Eric Liddell y se convirtió en un clásico del cine

Cuando culminó su carrera de teología, Eric anunció su temprano retiro del atletismo para convertirse en pastor misionero en China, como sus padres. Y allí partió a cumplir con su vocación. Llevaba una vida tranquila, se casó con la canadiense Florence McKenzie, y tuvieron tres hijos.

Las cosas cambiaron para peor en su vida cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y los japoneses invadieron el país. Logró que su mujer y sus hijos pudieran exiliarse en aquel país de Norteamérica, pero él cayó como prisionero, siendo enviado a un campo de trabajo.

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En ese contexto le escribió una carta de amor a Florence y en ella le dice que se siente muy cansado y a punto de sufrir un colapso nervioso. Culpa de eso al trabajo forzado que se ve obligado a hacer en las peores condiciones. “Estoy en paz porque mi entrega a Dios ha sido total e incondicional”, afirma Eric, que en realidad tenía un tumor cerebral y falleció el 21 de febrero de 1945, es decir, cinco meses antes de la liberación de China.

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