domingo, 25 febrero, 2024
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Huawei vuelve a la pelea con EE.UU.

Huawei colocó en el mercado un aparato de Internet móvil (“smartphone”) denominado Mate 60 Pro, cuya característica es que sus componentes son 100% chinos, incluyendo – y esto es lo decisivo – un “chip” o semiconductor con una capacidad de 7 nanómetros, el doble del modelo anterior de la empresa de Shenzhen.

Este notable logro tecnológico ha sido obtenido cuatro años después de que le fuera explícitamente prohibido el acceso a los semiconductores o “chips” estadounidenses.

En ese momento, Huawei encabezaba el desarrollo de la 5-G en el mundo, y esto hizo que Washington la considerara su principal adversaria estratégica y mayor peligro para su seguridad nacional.

Hay que subrayar que el núcleo de la contienda entre las dos superpotencias se refiere al dominio de las tecnologías de avanzada de la Cuarta Revolución Industrial (CRI); y la 5-G es uno de los componentes de vanguardia de este proceso central de la época.

Lo especifico de los “chips” con una capacidad de 7 nanómetros es que constituyen el mínimo requerido para el procesamiento de la información de los “smartphones” súper-acelerados. Allí está el eje de la disputa del cambio tecnológico en la actual fase del siglo XXI.

El punto clave de esta ecuación es que Apple – la primera empresa de alta tecnología de EE.UU. y del mundo – ya utiliza en su I-Phone 14 un procesador de 4 nanómetros, que es el nivel más avanzado de celeridad del sistema global.

Sostiene también la empresa fundada por Steve Jobs que su próximo módulo I-Phone 15 dispondrá de una capacidad de 3 nanómetros, en una carrera que claramente busca la instantaneidad.

Lo asombroso es constatar que Huawei es parte de esta contienda con la vanguardia tecnológica de los EE.UU. y del sistema global.

Ciertamente corre de atrás, pero la disputa por la primacía en materia de innovación tiene un carácter esencialmente cualitativo antes que cuantitativo.

En este sentido conviene mencionar que Huawei ya está a la cabeza de la 6-G, que es el futuro y por lo tanto lo esencial del presente.

El Mate 60 Pro ya lleva vendidos 6 millones de unidades que se entregarían en los próximos 4 meses. Esto implica un alza de 65% en sus ventas de “smartphones” respecto al año pasado, y aspira a colocar 38 millones de unidades al concluir el año.

El logro de Huawei obliga también a reestructurar las cadenas globales de valor de la industria de semiconductores, porque significa un desafío acrecentado para las grandes compañías mundiales de “chips”, ante todo el gigante del sector en EE.UU., que es Qualcomm, así como la taiwanesa TSMC, que es la principal firma de este rubro estratégico esencial en el sistema global de la época.

Marx ya había advertido que el principal instrumento de innovación del capitalismo no es la inversión, sino la competencia; y esto es exactamente lo que está ocurriendo ahora con Huawei y China.

Lo característico de la compañía de Shenzhen es su excepcional capacidad disruptiva tanto en el diseño como en la producción, lo que significa que su campo de excelencia no es lo incremental, sino lo cualitativo.

Perder posiciones en las cadenas globales de valor implica primordialmente ceder mercados, que es el terreno más codiciado por las firmas transnacionales.

Por eso se estima que Qualcomm puede perder 50/60 millones de unidades en el ciclo 2023/2024, y esto ocurriría sobre todo en el mercado de la República Popular.

La lógica de la competencia “high tech” entre EE.UU. y China es nítida: la superpotencia norteamericana ejerce la primacía en este momento; y para salvaguardarla impone sanciones a su adversario emergente, que es China.

Pero luego ésta, en ejercicio del principio estratégico de Ernest Hemingway, que sostiene que “…la vida hiere a todos, pero a los que no mata, los fortalece”.

China se recupera, y encabezada por Huawei da un salto cualitativo, y gana posiciones en las cadenas globales de valor.

Este es un proceso sin final, salvo que en un momento se termine con la estrategia de confrontación, y en su lugar aparezca un ejercicio sistemático de cooperación, que es la única forma de avanzar sostenidamente en una sociedad global absolutamente integrada, como es la propia del capitalismo del siglo XXI.

El rasgo crucial de éste es que se funda en una división internacional del trabajo que se expande constantemente, y que no aspira a “derrotar” al otro, sino a superarlo, esto es, a crecer junto con él.

El presidente chino Xi Jinping ha señalado la imprescindible necesidad de que China desarrolle en forma autónoma su propia tecnología fundamental, con el objetivo prioritario no de desafiar a EE.UU, sino de impulsar una economía innovadora y fundada en el conocimiento – una “economía digital” – capaz de abarcar la totalidad de su gigantesco mercado interno en los próximos 10 años.

Este es el gran desafío de China en el siglo XXI, y su logro la antesala necesaria de la instalación del “Imperio del Medio” de la época, lo que se aspira a lograr en 2049, al cumplirse 100 años de la proclamación de la República Popular por Mao Tse Tung en la plaza Tiananmén.

China tiene 5.000 años de historia, y estos, como advirtió Hegel, no son parte del pasado sino del presente.

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