djalma-santos,-el-zapatero-brasileno-que-termino-siendo-bicampeon-del-mundo-y-se-convirtio-en-leyendaDeportes 

Djalma Santos, el zapatero brasileño que terminó siendo bicampeón del mundo y se convirtió en leyenda

Fue el fundador de un estilo que ya nadie se confunde: la del lateral derecho a la brasileña. Ofensivo, audaz, determinante, también sólido. No hay quien dude de que muchos de los aplausos que en la historia escucharon Carlos Alberto y Cafú se los deben a Djalma. Lo mismo sucedió en días más cercanos con otras figuras universales: Dani Alves y Maicon. Representan el mismo estilo. Como dicen en algunos barrios, con razón, están cortados por la misma tijera. Se hicieron encuestas en varios rincones del inmenso Brasil y también en el mundo y en la mayoría de ellas se señaló que Djalma Santos fue el mejor de todos los tiempos en su puesto. El propio Pelé, compañero en los días felices del seleccionado verdeamarelo, así lo piensa.

Lo contó en temporadas no tan lejanas desde Brasil el periodista Manolo Epelbaum, quien lo vio jugar y quien lo admiró: “Corría el ya más que lejano 1958, el equipo dirigido por Feola, en la final del Mundial enfrentaba a Suecia. Consiguió dos goles en pocos minutos a través de Vavá, tras ir perdiendo. Era una fiesta ese fútbol de fantasía que se insinuaba en la precisión de Didí y que explotaba de ingenio en las sutilezas de Pelé o en las imprevisibilidades de Garrincha. Pero, también cuando hacía falta, resaltaban los méritos defensivos de una agrupación que sabía retroceder y achicar los espacios con criterio. Y fue así como Hamrin y Skoglund, ambas figuras del equipo sueco, fueron anulados por el cerco tendido por Djalma Santos y Nilton Santos, a la derecha y a la izquierda. Hubo creación, pero no se rechazó un principio elemental: impedir la construcción del rival para luego crear. En esa cita definitoria, Djalma se consagró como el mejor lateral de la Copa del Mundo“.

Fue su presentación en la sociedad universal y el principio de su consagración. También resultó -decididamente- una reivindicación: en Brasil se decía antes de la Copa del Mundo que no era conveniente incluir en el plantel a futbolistas negros o mestizos. “Entre los rubios de los estadios escandinavos, encontré al negro Djalma Santos, viejo lobo de otras batallas”, dijo entonces el relator y periodista Oduvaldo Cozzi. La actuación de Djalma Santos demostró que aquello no era más que un vulgar error de los amigos de la discriminaciones por colores.

Cuatro años antes de aquel 1958, en Suiza, al defensor y a todo el equipo les había tocado padecer a uno de los grandes equipos de la historia: la Hungría de Sebes y de Puskas. Cuatro años después, en Chile, le tocó convertirse en una figura de todos los tiempos: volvió a festejar el máximo título. Delante de él, asombro de todos, el inmenso Garrincha demostraba que era el mejor de aquellos días. Con ellos, el Maracanazo de 1950 se parecía a una cicatriz que había servido de aprendizaje. Lo escribió Eduardo Galeano en uno de sus libros: “Amarildo se lució en el difícil lugar de Pelé, atrás Djalma Santos fue una muralla y adelante Garrincha deliraba y hacía delirar”. El Brasil dominante también nacía de los pies de Djalma Santos.

Aprendió de rigores en sus días de niño paulista y de zapatero. Una máquina le lastimó una mano y le modificó el oficio: dejó de remendar calzado para convertirse en una suerte de refundador de un puesto, de inventor de una patente que ahora -tiempos de imágenes televisadas en cada rincón- es una marca registrada. Tuvo una virtud que lo hizo crecer y, sobre todo, mantenerse: la constancia.

Más allá del seleccionado, claro, también se destacó en los tres clubes en los que jugó: en Portuguesa disputó más de 400 partidos en once años; en Palmeiras jugó casi 500 encuentros y ganó nueve títulos. Se retiró a los 41 años en el Atlético Paranaense, con el que salió campeón del Estadual tras más de una década sin festejos. Ya entonces, atraía a la buena suerte. Cuatro años antes, se había despedido de las Copas del Mundo, en Inglaterra. Ya era una leyenda.

Otro rasgo lo definía: su lealtad. No sólo por las camisetas que se ponía, que parecía querer usarlas para siempre, sino también respecto del juego. Contó alguna vez su modo de entender el fútbol, invitado por la FIFA a hablar de su carrera: “Siempre tuve una vida normal. Siempre respeté a los rivales, al pueblo que va a ver los partidos. Gracias a Dios, jugué durante toda la vida y nunca fui expulsado del campo. ¿Por qué? Porque había respeto. Jugaba con lealtad”. Su actitud y su juego tenían ese componente que ahora tanto se suele reclamar sin éxito: el Fair Play, el juego limpio. El amor a los colores, también.

El julio de 2013, la visita del Papa Francisco era el gran evento de la semana en territorio brasileño. Lo sabían todos, desde las favelas postergadas del Nordeste hasta los multimillonarios paulistas que viajan en helicóptero de un cóctel a otro. También lo sabía Dilma Roussef. Entonces, hubo un instante en el que la memoria encontró su espacio.

Cuando la noticia de la muerte de Djalma Santos llegó, la presidente dijo algunas verdades que debían ser escuchadas: “Brasil está de luto. El encantaba sobre la cancha y también fuera de ella. Fue un ejemplo de rectitud: nunca lo expulsaron aunque tuvo que marcar a los mejores de su época. Hoy lo despedimos. Desde hoy lo recordaremos para siempre”. El inventor de esa impronta que el fútbol del mundo admira se había ido. Pero, de algún modo, ya está volviendo en algún partido en el que un nuevo crack que siga sus huellas escuche alguna ovación en el Maracaná o en el Pacaembú o en cualquier lugar del mundo.

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

Articulos relacionados