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Viajar a las capitales bálticas con una yapa finlandesa

En marzo de 2019, hice un recorrido exprés por los países Bálticos, un destino que no suele entrar en el top de preferencias del viajero argentino medio. Lo que me encanta de ese tipo de lugares es que no todo es predecible, que las grandes cadenas no copan los centros comerciales y que exista sabor local. Me gustan los destinos no arrasados aún por el turismo masivo que, como si fuera poco, suelen ser bastante más económicos.

Después de visitar a mi familia en París tomé un vuelo de Air Baltic a Vilna, la capital de Lituania. El resto de mi recorrido fue en autobuses de línea, a excepción de la yapa del viaje, Helsinki adonde crucé vía ferry.

Tallin, Riga y Vilna –las capitales de Estonia, Letonia y Lituania, respectivamente- están muy bien conectadas entre sí con autobuses de frecuencias seguidas y los pasajes son bien accesibles.

Vilna, Lituania

Empecé por Vilna con un frío casi polar. Es una ciudad pequeña –poco más de medio millón de habitantes-, amable, caminable, sin grandes pretensiones, que puede recorrerse con la Vilnius Pass (incluye el bus turístico que siempre recomiendo porque da un pantallazo de la ciudad).

El centro histórico está muy bien conservado y pleno de iglesias y edificios antiguos. La plaza principal está inscripta dentro del patrimonio histórico de la UNESCO. Allí está la catedral, la principal iglesia católica de Lituania. Tomar algo en la plaza del Ayuntamiento es un superplán. Desde la plaza de la Catedral, sale la avenida Gediminas y se puede subir en funicular a la Torre del Castillo de Gedimina, el complejo medieval que se construyó a principios del siglo XIV.

La Catedral de Vilna (Imagen Valeria Schapira).
La Catedral de Vilna (Imagen Valeria Schapira).

Siempre que visito alguna ciudad, trato de ir a alguno de los mercados locales y esta vez no fue la excepción. Darse una vuelta por estos lugares permite conectar con las costumbres locales. Hales Turgus, el antiguo mercado de comienzos del siglo XX nada tiene de glamoroso -como no lo tiene la mayoría de los mercados de Europa oriental- pero es pintoresco y tiene mucho color. Vilna tiene poca prensa, es cierto, pero es una guapa ciudad como para pasar un par de días en ella.

Mi viaje conllevaba una búsqueda genealógica: mis ancestros provienen de Europa del Este (unos de Letonia y otros de la actual Ucrania). Para cualquier judío es doloroso visitar los países de Europa oriental ya que el legado fue casi totalmente aniquilado. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Vilna era un gran centro de cultura y educación del pueblo judío, a tal punto que casi un cuarto de la población era de esa religión. Durante la ocupación alemana, se tomaron tremendas medidas como las deportaciones masivas a campos de concentración. Cuando la ciudad fue liberada en 1944, poco más de 2000 judíos de los que integraban la población original de la ciudad habían sobrevivido.

Visité la restaurada sinagoga coral que fue destruida hace alrededor de 70 años en la que recientemente encontraron valiosos restos durante las excavaciones que intentan rescatar la memoria. También recorrí el museo estatal Vilna Gaon dedicado al patrimonio histórico y cultural de los judíos lituanos.

La tierra de los bisabuelos

Desde Vilna viajé en autobús a la exciudad de Dvinsk en Letonia. Así figuraba en los documentos de mis bisabuelos maternos, pero ya no existe más como tal: tras las guerras, ocupaciones y nuevas divisiones, pasó a llamarse Daugavpils y es actualmente la segunda ciudad en importancia del país. Su principal atractivo es su fortaleza, adonde funciona el centro de arte de Mark Rothko.

Fue raro y conmovedor llegar allí a la media noche y despertar en un sitio que lo único que conserva del legado judío es una sinagoga, que fue abierta exclusivamente para mi visita. El tiempo parece detenerse en sus calles y me sorprendió la poca cantidad de jóvenes que encontré. Muchos adultos mayores, ya que el envejecimiento sostenido de la población es un fenómeno común en los pueblos de Europa del Este. Después de la visita exprés a Daugavpils, seguí mi camino hacia Riga.

Riga, Letonia

Mi alojamiento por un par de noches fue un hotel temático de Sherlock Holmes, en un refaccionado edificio en la ciudad vieja. Estas ciudades tienen sorpresas como esta, maravillas modernas en edificios de cientos de años de antigüedad. Riga es encantadora para perderse en las callecitas de su casco viejo, tomarse un rico café y simplemente disfrutarla. Es interesante el mix: murallas, catedrales y los rasgos de los tiempos de la ocupación soviética.

Casa de los cabezas negras en Riga (imagen Valeria Schapira).
Casa de los cabezas negras en Riga (imagen Valeria Schapira).

No puede faltar la foto en la plaza del Ayuntamiento, frente al edificio llamado la Casa de los Cabezas Negras, una asociación de comerciantes solteros que fuera uno de los mayores gremios de la Riga medieval. El edificio quedó totalmente en ruinas después de la Segunda Guerra Mundial y fue reconstruido en 1999.

El mercado a orillas del río Daugava es fascinante: es uno de los más grandes de Europa. Los pabellones son cinco de los nueve hangares Zeppelín que quedan en el mundo. Fueron utilizados durante la Primera Guerra Mundial por las fuerzas aéreas alemanas.

Una postal del río Daugava (imagen Valeria Schapira).
Una postal del río Daugava (imagen Valeria Schapira).

Hay frutas, verduras, especias, carnes, vestimenta. alcohol y productos típicos. Abre todos los días muy temprano y cierra por la tarde. Es llamativo como venden los alimentos: galletitas al peso, como en nuestra infancia, ensaladas en bolsa y al peso y mucho dulce casero.

Tallin, Estonia

Tallin, la capital de Estonia, está a poco más de cuatro horas de autobús desde Riga. Estonia es la sociedad digital más avanzada del mundo y asombra su capacidad de reinvención. En su capital, conviven rasgos medievales, soviéticos y lo más avanzado de la tecnología mundial.

Puerta Viru, en Tailin (imagen Valeria Schapira).
Puerta Viru, en Tailin (imagen Valeria Schapira).

Es Patrimonio de la Humanidad y un sabroso mix de culturas: rusa, alemana, escandinava. La Ciudad Vieja está casi totalmente amurallada y tiene un encanto particular con sus calles empedradas, negocios de artesanías y edificios históricos. La puerta Viru, el acceso principal, fue construida en el siglo XIV como parte del sistema de defensa de la ciudad. Y en la Plaza del Ayuntamiento está la farmacia más antigua de Europa que funciona desde 1422.

No voy a enumerar un interminable listado de edificios históricos. Lo interesante de Tallin es su eclecticismo y que las sorpresas están a la vuelta de cada esquina.

En el barrio joven Telliskivi, cuna de la creatividad, hay tiendas de diseño exquisito combinadas con bares en contenedores y start ups en edificios antiguos. Vale la alegría visitarla.

Un atisbo de felicidad nórdica

No cruzar a Helsinki estando a un par de horas de ferry sonaba a pecado. Así que decidí no pecar. El viaje de dos horas y cuarto por el Báltico es un placer. Son barcos equipadísimos, con free shop y atracciones, ideales para llegar al país más feliz del mundo (y uno de los más caros, por cierto). Helsinki es una ciudad en la que todo es respetuoso, amable y silencioso. Se puede caminar a la hora que sea sin temor a que pase nada. No se escucha una bocina ni de casualidad. Es tal el silencio que una alarma logró sobresaltarme.

En un par de días y con un frío que calaba los huesos, me las ingenié para recorrer la ciudad de punta a punta, tomar café por todos lados y visitar un par de mercados locales. En el paseo costero está la Sky Wheel con unas vistas impresionantes de la ciudad. Si te gustan las cosas raras, esta rueda tiene un sauna aéreo desde el que podés ver la ciudad mientras tomás tu baño. En la bella Esplanade, popularmente conocida como Espla, hay una confitería divina que se llama Kapelli y data de 1867.

Una esquina típica de Helsinki (imagen Valeria Schapira).
Una esquina típica de Helsinki (imagen Valeria Schapira).

Otra de las joyitas de Helsinki es la Catedral de Uspenski, la Iglesia ortodoxa más grande de Europa occidental. Los mercados son muy recomendables, sobre todo el viejo Vanuatu Kauppahalli que tiene un buen surtido de delicatesen, cafés y muy buena comida sin gluten.

Con gusto hubiera, seguido el recorrido, pero el cambio en Finlandia distaba de favorecerme. Me prometí volver y, ya que estamos, combinar con Suecia y Noruega. Porque así empiezan los viajes, en la imaginación.

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