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¿Deberes sí o deberes no?

Por Laura Lewin

Desde siempre se ha debatido sobre si los deberes son beneficiosos para los niños. Es un buen disparador para reflexionar juntos.

Algunas personas se oponen a los deberes porque afirman que no existe evidencia científica de que los deberes ayuden a los niños a ser mejores alumnos. Sostienen que ni siquiera ayudan a desarrollar la responsabilidad, porque más que una opción, hacer deberes es una obligación y no brinda la posibilidad de elegir. Además, sostienen que cuando los chicos van doble jornada a la escuela terminan agotados física y mentalmente.

Por otro lado, cuando un padre o una madre sientan a un niño a hacer tareas que no les resultan interesantes, seguramente este las hará por obligación o no las hará. Esto, sin duda, los frustrará, los enojará, generará tensiones en el hogar, afectará la relación con el adulto y la impresión que el niño tenga acerca de qué significa aprender.

Todo esto es cierto. Sin embargo, el problema no son los deberes. El tema es definir qué sí, qué no, y por sobre todo: para qué.

¿Sirve hacer los deberes?

Cuando un alumno debe realizar una tarea creativa, aumenta el número de conexiones sinérgicas y aumenta el desempeño cognitivo. Cuando aprendemos, mensajes químicos viajan de una neurona a otra, una y otra vez. El cerebro comienza a crear conexiones que generan circuitos entre las neuronas. Estos circuitos hacen que las cosas nos salgan cada vez mejor y las recordemos más. Pensemos en la primera vez que manejamos, por ejemplo. Mirábamos para todos lados, pensábamos en qué pie utilizar, qué cambio poner. Teníamos que pensar en cada movimiento que hacíamos, en la calle y en los otros autos, todo junto y al mismo momento. Hoy, manejás y lo hacés prácticamente de manera intuitiva, porque las neuronas crearon un circuito neural. Estos circuitos son los que hacen que recordemos.

Es como caminar por un bosque una y otra vez por el mismo lugar. De tanto ir por ese camino, queda una huella. Las neuronas mandan los mensajes una y otra vez, hasta que se crea un circuito, una especie de camino en el cerebro.

Por eso, repetir y trabajar interdisciplinariamente, hace que la información llegue de maneras diferentes al cerebro de nuestros alumnos, que puedan aprendan y recordar. Cuantos más circuitos hagan, más aprenden. Es decir que cuando los deberes ayudan a automatizar el contenido, los deberes ayudan a aprender. Sin embargo, no se trata de recabar información y transcribirla.

Cuando los deberes no representan un desafío creativo generan aburrimiento y frustración. (Foto: adobe Stock)
Cuando los deberes no representan un desafío creativo generan aburrimiento y frustración. (Foto: adobe Stock)
©mikemols – stock.adobe.com

Cuando no funcionan los deberes

Cuando hacer los deberes se convierte en una tarea tediosa, rutinaria y sin sentido, la motivación desaparece. Hacer los deberes debe implicar un desafío, hacerlos pensar, es decir, involucrarlos cognitivamente.

Los chicos deben “querer” aprender, no “deber” aprender. Debemos ayudarlos a desarrollar la curiosidad y a cultivar el amor por el conocimiento. Demasiada tarea, no productiva, podría alejarnos de ese objetivo. Como ya hemos dicho, cuando la tarea no es interesante, el niño no la va a querer hacer. Eso generará conflictos en casa, con sus padres, y un distanciamiento del placer por aprender, además de agregar horas, en muchos casos, a la ya desmedida carga horaria escolar, en el caso de los chicos que van doble jornada al colegio. Lo que debemos generar son deberes de calidad.

Lo que buscamos es que a través de los deberes puedan desarrollar autonomía, autodisciplina y logren gestionar sus propios aprendizajes. Si se asignan deberes, estos deben ser significativos, relevantes e interesantes. Deben generar un desafío digno de ser enfrentado y poner en juego la creatividad, la habilidad de pensar, y de resolver problemas o situaciones por parte de los alumnos.

Los deberes deben generar un desafío que involucre diversas habilidades, no limitarse a recabar y transcribir información. Por ejemplo, si deben resolver un problema de matemática, o alguna situación para resolver, podríamos pedirles que reflexionen acerca de:

  • El problema que más curiosidad les dio
  • La manera en la que creen van a resolverlo
  • Por qué eligieron esa estrategia.

¿Buena ayuda o mala ayuda?

Los deberes son el puente entre la escuela y el hogar, y el rol de la familia no es un tema menor. Ahora bien, debemos tener en claro cuándo la ayuda de la familia es beneficiosa y cuándo no. La ayuda es beneficiosa cuando, frente a la frustración, los alentamos, o les ofrecemos alguna pista para ayudarlos a pensar. Inclusive, aun cuando la familia no puede ayudar desde el contenido, la buena ayuda implica ayudarlos a organizarse, buscar un espacio propicio para las tareas, acompañarlos, ayudarlos a armar un cronograma de trabajo, a organizar grupos de estudio, alcanzarles algo para tomar, etc.

La mala ayuda consiste en marcarles lo que hicieron mal, sin ayudarlos a pensar, o hacer por ellos lo que ellos podrían hacer por sí mismos. Darles a los chicos las respuestas cuando se traban, puede contribuir a generarles la sensación de “no poder”. Al hacer por ellos lo que ellos podrían hacer por sí mismos, el mensaje sería “como vos no podés, tengo que hacerlo yo por vos”. A la larga, esto puede generar dependencia, impotencia o frustración.

Demasiada tarea, aleja a los chicos del tiempo en familia, del tiempo recreativo y social tan importante para su desarrollo integral. Por eso, cuando hablamos de deberes, debemos poner siempre la calidad por sobre la cantidad. Hacer deberes debe ser productivo. Si no, lejos de ayudar a los niños, los deberes se convierten en una herencia del viejo sistema educativo.

(*) Laura Lewin es autora, capacitadora y especialista en educación. Es oradora TEDx y ha escrito numerosos libros, entre los cuales podemos destacar su más reciente libro, La Nueva Educación, de editorial Santillana (2020).

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